Sergio Gregori · Penguin Random House
Crónica de una generación que creyó cambiar la política y el periodismo (y acabó rota)
Galería fotográfica¿Se puede transformar el sistema sin asumir las lógicas del poder?
Hubo una generación que creyó que podía cambiar el relato y, con él, las reglas del juego. Este libro narra el viaje colectivo de uno de aquellos jóvenes: un recorrido político e ideológico construido desde la experiencia directa, que arranca en la Marinaleda autogestionada y la Cuba bloqueada; atraviesa la herencia de la URSS y la RDA, la Venezuela bolivariana, la cruenta invasión de Ucrania y los crímenes de la OTAN; y desemboca en las entrañas del proyecto mediático más ambicioso de la izquierda transformadora española, en su última fase autodestructiva.
Este es el testimonio de quienes quisieron intervenir en la historia y terminaron enfrentándose a sus propias contradicciones. Un manual de combate ideológico escrito desde dentro y una duda que atraviesa cada página: ¿por qué la izquierda continúa autodestruyéndose y qué habría que cambiar para que no siga pasando?
«Una revolución no se mide solo por sus enemigos, sino también por su capacidad de corregirse a sí misma».
«Sergio entendió desde muy joven que, sin un medio de comunicación de masas en manos de la izquierda, la batalla contra la opresión sería poco menos que una quimera. Y lo entregó todo».
— Willy Toledo
Periodista, analista político y productor audiovisual. Secretario general del Sindicato de Periodistas de Madrid. Fundador de Furor TV y Furor Producciones.
Trayectoria
Sergio Gregori Marugán (Valladolid, 18 de agosto de 1997) es un periodista y analista político español, vinculado a la producción audiovisual y documental. Es el secretario general del Sindicato de Periodistas de Madrid (SPM). Fue cofundador de Canal RED, donde ejerció como presentador y director de El Tablero, y es fundador de Furor TV y Furor Producciones.
Nació en Valladolid y al año siguiente su familia se trasladó a Alicante. Se tituló en imagen y sonido y en producción audiovisual por el centro de formación RTVE Instituto. Realizó un máster en Periodismo y Comunicación Digital en la Universidad Nebrija y cursos de especialización en Atresmedia y el Instituto del Cine.
En 2014 se trasladó a Madrid, donde creó Furor TV, concebida inicialmente como canal de YouTube de cultura, política y entretenimiento bajo el nombre de FurorVlog. Ese mismo año comenzó a escribir con la editorial Txalaparta el libro Tomar partido: conversaciones con la izquierda transformadora, publicado en 2019 con prólogo de Iñaki Gabilondo y epílogo de Cristina Fallarás.
En 2017 ingresó como académico en la Academia de Televisión y de las Ciencias y Artes del Audiovisual de España. Con el tiempo, Furor TV se orientó hacia el análisis político, propiciando su incorporación como analista en Cuatro al día, Todo es verdad, 120 minutos de Telemadrid y Horizonte de Mediaset. En 2025 pasó a colaborar habitualmente en Todo es mentira.
Ha impartido conferencias en la UCM, participado en las jornadas 40 años de periodismo en democracia en el Congreso de los Diputados, y protagonizado un sonado debate con el exdirector de El País Antonio Caño en la Universidad de Badajoz.
En marzo de 2022, Todo es verdad emitió media hora de su entrevista al exvicepresidente de la KGB Nikolái Leonov, en la que el exagente soviético relató en exclusiva el ascenso de Putin al poder y la imposibilidad de que Lee Harvey Oswald fuera el asesino de Kennedy.
Cineasta y activista sindical.
No me gusta Sergio Gregori.
He dicho esa frase muchísimas veces en mi vida, porque la verdad es que no me gusta nada Sergio Gregori. No me gusta trabajar con él. Él es Homer Simpson y yo soy Frank Grimes: le salen las cosas bien sin saber ni siquiera cómo y lo toma como algo normal. Trasnocha. No contesta a las llamadas y tarda días en responder los mensajes. Jamás abandona una idea, por descabellada que sea o deficitaria que resulte. Camina todos los días cinco minutos hasta el plató de Furor, pero no sabe llegar sin poner el GPS. Todos los interruptores de su casa dependen de Alexa; si me quedo a dormir en su sofá y quiero ir al baño a las tres de la mañana, tengo que despertar a todo el mundo por pedirle a una máquina que encienda la luz. En más de diez años de amistad —donde prácticamente he vivido en su casa sin pagar alquiler— no ha venido a verme a Galicia ni una sola vez porque no le ve sentido a salir de Ciudad Lineal. Tiene tan mala letra que nos pide a los amigos que le escribimos las dedicatorias de los libros que manda por correo. Y lo peor es que una vez casi me convenció, tras meses de insistencia, de que olvidase mi militancia anarcosindicalista y votase a Unidas Podemos.
Y lo cierto es que casi lo consigue, porque Pablo Iglesias sí me gusta. Pablo es un tipo brillante, un genio que aparece una vez cada varias generaciones. Es de Vallecas. Habla bien. Maneja el discurso con una precisión quirúrgica: primero elogia y halaga a sus rivales para mostrarse humano y, justo cuando ha generado cercanía, muerde. Sabe que el daño es mayor cuando viene de alguien que previamente te ha mostrado afecto. Que si el contrario omite el elogio y lo ataca, quedará como un fanático; pero si devuelve la cortesía, sonará forzado y estará incómodo. Pablo sabe llevarte a su terreno. Haga A o haga B, consigue convencerte de que esa es la única opción válida y de que quien plantea lo contrario es un traidor a sueldo de Ferreras. No conozco ninguna obra de ficción con un villano tan bien construido como Pablo Iglesias. Sergio es un buenazo, y eso no le gusta a nadie. A mí tampoco. A mí me gustan los villanos como Pablo.
Nunca entendí del todo qué veía Pablo en Sergio. Porque Pablo siempre decía de Sergio que era un chaval con talento, con potencial y con futuro. Yo solo veía a un crío temerario incapaz de aceptar un «esto no se puede hacer» por respuesta. Pero Sergio se dejó querer por el político más relevante de su juventud y, sobre todo, influenciar. Tanto que no solo cambió Alicante por Madrid siguiendo los consejos de su referente, sino que se convirtió en el tipo más pablista del país. Incluso que terminó por montar la infraestructura de su SL, nada más y nada menos que un canal de televisión. Un trabajo voluntario o, si se quiere, militante, para otro militante que había decidido convertirse en empresario. Un gerente con la experiencia de haber dirigido el partido que, según los casos que pude conocer, acumuló más conflictos laborales que ningún otro desde su nacimiento en 2014: Durante su gestión, la organización morada tuvo que pagar cientos de miles de euros en indemnizaciones por vulneraciones de derechos fundamentales. Pero Sergio no veía estas cosas: Sergio veía a un Pablo que había revolucionado la política estatal, que era casi el Che Guevara del siglo XXI, y que decía que confiaba en él para cumplir el sueño por el que Sergio tanto había peleado: crear un canal de televisión de izquierdas desvinculado de partidos o grandes empresas.
Tanto Sergio en particular como Furor Producciones en general se involucraron muchísimo en ese proyecto. Incluso yo mismo tuve la oportunidad de unirme tras una oferta muy apetecible en el papel, pero que finalmente decliné: no solo tenía complicado desplazarme a Madrid, sino que sospechaba que en algún momento las cosas empezarían a torcerse para los trabajadores, igual que se torcieron en todos los otros proyectos liderados por Pablo que conocía. Y eso ocurrió, aproximadamente, cuando Sergio y Furor dejaron de ser útiles y pudieron ser sustituídos por gente más afín al Partido, no sin antes dejarles caer en un estanque lleno de pirañas. Pirañas entrenadas para destrozar a la voz discrepante pero lamerle el culo al patrón. Esa suerte de lealtad mal comprendida parecía requisito indispensable para no ser expulsado del grupito de los guays mediante un dolorosísimo proceso de purga.
Uno de esos procesos de purga le fue aplicado también a Sergio. El chaval con tanto talento, futuro y potencial no estuvo exento de convertirse en un traidor a ojos del victimismo de su jefe y sus acólitos. Pero tampoco quedó exento del apoyo que un grupo de majaras le iba a brindar incondicionalmente: tanto si quería hablar como si quería guardar silencio, Furor íbamos a estar ahí. Y entre todos decidimos que era el momento de hacer Romper el Bloque. Aunque yo al principio no las tenía todas conmigo: «Si tuviera 50.000€ para hacer esta película, te los daría para que buscaras a otro para que la haga», le dije, sin ser del todo consciente de la que se me venía encima. Esta serie, que nació como un reportaje documental, creció a la par que varios procesos judiciales. Fue un recorrido especialmente largo y duro, aún partiendo de que las películas se preparan durante dos años, se graban en dos meses, se editan en dos semanas, se ven en dos horas y se olvidan en dos minutos. Quienes hacemos documentales sabemos que nadie valora el trabajo que hay detrás. Como decía mi abuela: «sabes el vino que bebo, pero no sabes la sed que tengo».
Con todo, yo pensaba que iba a ser un rodaje fácil porque Sergio es mi amigo, está acostumbrado a las cámaras y me iba contando los detalles del caso desde el principio. Pero la realidad fue otra: Sergio no era capaz de avanzar en la historia. Tuve que hacerle varias entrevistas muy largas y durante varios días porque le costó como tres o cuatro jornadas enfrentar su trauma y comenzar a hablar de Canal Red. Constantemente teníamos que estar cortando porque no quería decir algo que se pudiera malinterpretar y sirviera de excusa para que le volvieran a hacer todo lo que le hicieron. Sergio, sin querer, pretendía defenderse de los descerebrados que le pudieran atacar tras el estreno y sin atender a razones de la misma forma se defendería el propio Pablo Iglesias: con una máscara de corrección política con la que elogiar a esos cretinos que lo único que se debería de poder decir de ellos son insultos. Pero siempre hubo una diferencia entre Sergio y Pablo, y es que el primero no quería ladrar para morder: su objetivo era, simplemente, no ser mordido. Y creo que aquí es donde se ve perfectamente quién es quién: mientras uno busca la destrucción de sus rivales (aunque ya no tenga confrontación con ellos ni le vaya a aportar ningún beneficio), otro solo espera poder contar su versión para intentar sanar y seguir adelante. Pablo ya había actuado previamente con la misma contundencia que el General Mola en la Guerra Civil, cuando dijo «Es necesario propagar una imagen de terror» y «Yo podría aprovechar nuestras circunstancias favorables para ofrecer una transacción a los enemigos, pero no quiero. Quiero derrotarlos para imponerles mi voluntad. Y para aniquilarlos». Sergio, sencillamente, es incapaz de actuar de esa forma. Sergio siempre ha buscado, porque lo necesita y porque se lo merece, dos cosas: el reconocimiento del daño causado e intencionado por parte de los responsables del mismo, y que se tenga en cuenta su versión de los hechos.
Lo más llamativo es que no es el único que está en esas situación. Aunque alguna gente sí pudo pasar página tras años de terapia y con algún trauma aún arrastrando, pude ver esos mismos temores cuando entrevisté al resto de personas de Furor, extrabajadores de Canal Red, Podemos, La Tuerka, La Última Hora y otros proyectos liderados por la figura de Pablo Iglesias (por no hablar de las docenas de personas con las que pude charlar pero no quisieron participar en esta serie). Era imposible no percibir el miedo a las represalias desproporcionadas, el escarnio público, la persecución social y política hasta la destrucción o la muerte pública. Sus testimonios me dejaron claro que, mucho antes de terminar Romper el bloque, Pablo Iglesias ya se había convertido, para muchos, en una enorme decepción. No tanto por los resultados de su partido —una métrica muy poco relevante para alguien con mis ideas ácratas—, sino por los medios empleados para sacar adelante sus proyectos durante los últimos tres lustros. No sé si es causa o consecuencia de esta sociedad posmoderna donde el discurso identitario suele imponerse a los hechos fácticos y la coherencia queda relegada a un segundo plano, pero hemos podido ver como autoproclamarse esto o lo otro no es suficiente para definirte: Quien maltrata como un maltratador, explota como un explotador y acosa como un acosador es un maltratador, un explorador y un acosador. Nunca un líder de la izquierda, por más que se empeñe en repetirlo.
Al final, lo que pude sacar en claro haciendo Romper el bloque es que Sergio Gregori no es ese crío chapucero con más suerte que Homer Simpson y que no me gusta porque todo le sale bien de chiripa y sin esfuerzo. Sergio me contó cosas que no había podido contar nunca y que llevaba sufriendo mucho tiempo, y me enseñó que es un currelas más que, detrás de esa careta del icónico personaje de Springfield, se esconde un currela como Frank Grimes luchando por sobrevivir en un entorno hostil. Alguien incapaz de dejar de pensar en otra cosa que no sea en transformar la sociedad a través de su profesión, y que si a lo mejor no tiene tiempo para ordenar ese plató (otrora en un piso de estudiantes) es porque en él se esconden incontables jornadas de trabajo y aprendizaje autodidacta (ya que nadie le ha enseñado el oficio ni le ha dado ni el 10% de los recursos que recibió Pablo Iglesias cuando quiso aumentar el aforo de su Taberna). No saber verlo, como me pasó, es pecar de superficial. No querer verlo, es de necios. Pero destrozarle la vida mediante el acoso, la persecución y la cancelación que ha sufrido con el beneplácito de quien debía proteger a sus empleados, no es tolerable, y aquí tiene a un trabajador más dispuesto a enfrentar estas batallas con él.
Exprofesor y actual amigo de Sergio.
Mi amigo Pablo y yo conocimos a Sergio cuando nos llamó su madre para darle clases particulares ya que su rendimiento en el instituto no era el adecuado y necesitaba aprobar 2º de ESO. Cuando apenas llevábamos una semana dándole clases, Pablo me recriminó que en nuestro pacto para trabajar juntos se había quedado en no hablar de política con los alumnos, ya que yo militaba en la JCPV (juventudes del Partit Comunista del País Valenciá, federación del PCE en este territorio). Yo le juré y perjuré que no le había hablado nada de política y entonces me preguntó que por qué tenía hoces y martillos dibujados en los libros de matemáticas y yo le dije que sería material heredado de algún otro alumno y que no lo habría dibujado él. La sorpresa me llegó cuando repasando la asignatura de sociales veo El Estado y la Revolución, de Lenin, encima de la mesa donde estudiábamos y le pregunté de quién era ese libro, respondiendo Sergio «mío». Los pelos se me pusieron de punta, tuve un sentimiento orgásmico y en la cara se me puso una medio sonrisa que nunca olvidaré. Una aclaración, Sergio no estudiaba por falta de capacidad, Sergio se aburría de los conocimientos que les daban en el instituto porque no los veía de utilidad. Prefería preocuparse y entender el funcionamiento del mundo, de la política y la historia de la humanidad.
Como profesor, ya tenía el filón para conseguir mi meta y que estudiase. Con Sergio pacté que si hacía los deberes y me demostraba adquirir los conocimientos que le impartía, le contaría batallitas de mi militancia. Era 2013 y yo militaba desde finales del 2008 con lo que calculé que tendría para todo el curso pero lo que no calculé fue la influencia que tendría en él y la evolución que le provocaría. Le mostré fotos, videos, recortes de periódicos de la lucha contra el Plan Bolonia, las Huelgas Generales a Zapatero y Rajoy, las diferentes acciones sociales de las que formé parte y otras acciones, que todavía no puedo admitir por escrito. También colaboraba con él en algún directo de Twitter para responder preguntas de sus seguidores sobre política, le ayudaba en el contenido de videos editados que ya subía a su canal de youtube, etc. Al final se intercambiaba todo esto por hacer los deberes y aprobar exámenes.
Todo marchaba bien hasta que, tras ver su evolución política y como generador de contenido para YouTube, decidí involucrarlo en el proyecto de LaRepublica.es, diario digital que dirigía Javier Parra (camarada del Partido) y que en aquel momento experimentaba una evolución para crear ediciones locales en diferentes lugares del Estado. Mi objetivo era convertir la edición local de Alicante en la competencia de otros diarios profesionales alicantinos (pero con línea editorial de izquierdas) y por lo tanto tenía que ir más allá de la redacción de noticias y crear material audiovisual de todo a lo que asistieramos por convocatoria del Partido y, por lo tanto, fuésemos testigos. Ese sería el papel de Sergio y Jonathan (Rekoh), el de reporteros y editores del material audiovisual. A partir de aquí fue todo muy rápido. Sergio y Rekoh ya trabajaban buen material para Furorvlog para la edad que tenían y se decidió hacer entrevistas a grupos de música que empezaban a pegar fuerte en sus visitas a Alicante, como Los Chikos del Maíz o La Raiz. También fue significativo la decisión de ambos en comenzar a premilitar en la JCPV. Finalmente Sergio aprobó y pasó de curso ese año.
Durante los meses de verano comencé a ver que se torcía el camino que estaba forjando Sergio. Al fin y al cabo, no se le puede poner barreras al mar y Sergio y Rekoh ya mostraban signos de estar cansados de reuniones, ya que a las diferentes acciones de agitación y propaganda que se organizaban no se les podía citar por ser menores de edad, y no veían resultados a corto plazo como fruto de su militancia. Los chavales pronto se radicalizaron como en algún momento u otro nos ha pasado a cualquiera. Por ello empezaron a juntarse con gente que predicaba discursos que puedo calificar como izquierdistas y suicidas (desde el punto de vista político) pero que era lo que querían escuchar, aunque se hablase de «lucha armada». Para ellos ese discurso era pasar a la acción y aún sin salirse de la JCPV decidieron enganchar a otros premilitantes y montar otra organización que querían llamar Colectivo Radical Revolucionario Comunista (o algo así). Como nos podemos hacer una idea, eso no tuvo mucha vida. Era un grupo de amigos, menores de edad todos, que planeaban acciones contundentes para comenzar con un cambio real en la sociedad, intentando emular a Fidel Castro y el asalto al cuartel de Moncada el 23 de Julio. Finalmente, desde Partido nos dimos cuenta de lo que estaban haciendo aún sin abandonar nuestra organización y los invitamos «amablemente» a no volver hasta que madurasen. Yo en esta época ya había dejado de darle clases a Sergio con lo que solo lo vería en las diferentes movilizaciones en las que coincidimos. No obstante, el cariño con el que le veía no desapareció.
A pesar de este episodio seguía teniendo contacto con él y no podía dejar de observar su radicalización progresiva y como se embarcaba en viajes en coche de gente que no conocía para hacer entrevistas a personas que personalmente no consideraba de interés público hasta que llegó a la famosa entrevista de Pablo Hasel y Valtonyc, la cual fue inmortalizada por Los Chikos del Maíz en una de sus canciones y reproducida por los medios de comunicación años más tarde con manipulación incluida. Tras esta entrevista, comenzó la campaña de las elecciones europeas y surgió la ocasión de entrevistar a Pablo Iglesias. Este fue otro punto de inflexión para Sergio pues pasó de discursos en favor de los presos políticos del PCE (r) a la defensa del método electoral como vía de alcanzar el poder para cambiar el sistema desde dentro. Entró en una línea política socialdemócrata clásica y en un acercamiento político a Podemos en su primera etapa de salida del Euro, la OTAN y la UE como tantos otros exmilitantes del PCE cansados de conformarse con una estimación del voto del 10-12% y que buscaban asaltar los cielos.
Un año más tarde creo recordar que Sergio, en un acto que me parece de madurez, se trasladó a Madrid y con un grupo de colegas, montando en el salón de la casa que alquilaban para vivir, un plató de televisión que aunque fue montado por un grupo de estudiantes, no tenía nada que envidiar a televisiones locales, es más, se llegaron a llevar a políticos y diplomáticos de primer nivel a tertulias y entrevistas. Yo mismo llegué a visitar ese «plató» y quedé anonadado. También recuerdo que por estas fechas fueron sus viajes a Cuba y Rusia en las que tuvo peripecias a las que años más tarde sacaría rédito periodístico.
Ya en la crisis mundial del COVID-19, Sergio me hizo llegar el documental Unblock Cuba, el cual grabó en su viaje y montó poco antes de la Pandemia, para visualizarlo y hacerle un análisis crítico. Este documental me devolvió la ilusión que perdí en él en su etapa izquierdista. Volví a ver el potencial que vi cuando le daba clases particulares. La izquierda necesitaba (y lo sigue haciendo) un medio de comunicación con línea editorial de izquierdas (no partidista) para poder girar el espectro político a la izquierda y no esperar a que los «Más Media» lo girasen hacia la derecha o extrema derecha. El miedo al inmigrante y al Okupa no es algo de los últimos años, ya lo llevan haciendo desde que comenzó la movilización de las clases populares tras la Crisis del 2008. Como decía, tras la visualización del documental, vi la necesidad de impulsar el proyecto que pasó a llamarse Furor TV, y les apoyé en todo lo que estuvo a mi alcance en ese momento como el que presencia un milagro y deja toda su vida para predicar. Se puede decir que es Fe lo que tengo en el muchacho que durante un lustro me llamaba Teteva.
Amigo y miembro de Furor desde 2018.
Entré en Furor en el verano de 2015; acababa de cumplir 18 años. No era más que un joven cántabro en ebullición que dejaba su pueblo de 3.000 habitantes para instalarse en la capital de España y empezar su vida universitaria. Buscaba seguir la premisa del sapere aude (atrévete a conocer y, añadiría, a experimentar). Furor fue el lugar ideal.
Tras aquellas reuniones en las que multitudes intentábamos articular un medio en los estertores del 15M, me fui a vivir con Sergio, donde montamos el famoso plató en el salón. Por allí pasaron diplomáticos, artistas, militares, políticos e intelectuales. No eran sólo las entrevistas o tertulias: también las cervezas posteriores con ellos y los inevitables off the record. Además de esto, Furor fue los cócteles en embajadas, galas de premios, almuerzos en clubs sociales de la élite, estrenos de cine, invitaciones a conciertos, reuniones con la televisión, tours de gira por España o viajes internacionales. Con Furor viajé a Cuba, Venezuela, Rusia, Alemania y Bélgica.
Por sorprendente que parezca, nada de lo que se cuenta en este libro es exagerado. Al contrario: hay historias que he vivido con Sergio que todavía no pueden contarse. ¿Y por qué el libro cuenta la historia de Furor y no sólo el conflicto con Iglesias?
Como estudiante de Historia (hoy profesor), me fascinaba cómo todo movimiento político de la modernidad ha necesitado una expresión cultural-mediática que abonara su estallido. El luteranismo tuvo la imprenta; la revolución estadounidense, los panfletos como el de Thomas Paine; la francesa, a Voltaire, Rousseau o Diderot; la bolchevique, su Pravda; la huelga de la Canadiense, Solidaridad; o el anticomunismo, Radio Libertad. ¿Cómo iba a articularse la generación del 15M sin una pata mediática propia y potente?
Esa era la función de YouTube y, por tanto, de Furor: abrir un espacio donde el proceso progresista pudiera confluir, definirse y comunicarse. Sin embargo, siempre chocamos con un muro. Ningún partido de izquierdas quiso ayudar más allá de la foto. Ningún sindicato. Ninguna organización. Ningún Estado. Hoy sabemos que las redes no abonaron la ampliación de la democracia, sino su defunción. Este libro es la intrahistoria de ese fracaso.
La guinda es el acercamiento final con Iglesias (para más inri, años más tarde, por supuesto, cuando la ultraderecha ya dominaba todo). ¿El resultado? Todas las promesas quedaron en mentiras y Canal Red se tradujo en una parasitación de Furor para después descabezar públicamente a su director en redes sociales, como anteriormente habían hecho con Anticapis y tantos otros. Todo con el único fin de engordar el partido-empresa que es hoy Podemos. Yo me salvé de la quema porque rechacé la oferta de Canal Red. Vi las orejas al lobo, pero nunca pensé que la camarilla de Iglesias estuviera tan podrida por dentro y fuese tan destructiva. Este libro lo desvela.
En fin, como profesor de Historia, el siglo XXI me ha dado lecciones valiosas no sólo para entender por qué triunfó el fascismo en el XX, sino también cómo los bolcheviques derivaron en un estalinismo de purgas, paranoia y desolación que dejaría al PCUS yermo hasta su colapso tres décadas después. Podemos, para mi generación, ha sido la farsa del siglo XXI de la tragedia del siglo XX.
Este libro responde por tanto a preguntas clave de este proceso histórico: ¿cómo pudo un partido que lideraba la intención de voto en 2014 quedarse en apenas cuatro diputados en 2024? ¿Por qué la izquierda palidece en redes frente al músculo de la ultraderecha y por ello los jóvenes son por primera vez más de derechas que de izquierdas? El viaje de Sergio, desde su adolescencia, con su politización temprana en las izquierdas hasta su salida del tablero (nunca mejor dicho), lo explica perfectamente. «Si no sale esto todo lo demás no tiene sentido». Acompañar a Sergio en la escritura de este libro ha significado escuchar «esto tiene que ir sí o sí» junto a la anécdota más anodina que uno pueda imaginarse. Parte del proceso de acompañarlo ha sido ayudarle a ordenar sus experiencias de manera coherente para terceras personas.
Administrador durante una época y colaborador en post-producción de imágenes y vídeo.
Cuando Sergio me mostró la portada de su libro, me indigné. Por geografía, por edad o por mi forma de ser; yo jamás viví el 15M y cada día lo agradezco más. Yo nunca he querido cambiar las cosas desde un partido ni he «acabado roto». Desde que me politicé, siempre vi la importancia de tener canales de comunicación propios. Nadie empieza a formarse ideológicamente directamente desde textos de filosofía o apelando a la razón pura. Uno empieza con algo más sutil; una profesora que le cae bien, una rebelión contra un padre autoritario, una canción, un colega que te abre a otra perspectiva… Yo siempre he creído que un lugar como Furor puede cumplir ese papel: un espacio abierto de debate y reflexión que siembre esas dudas o que muestre las grietas del sistema en el que vivimos.
En 2021 Alán Barroso me introdujo en el proyecto. Un grupo de chavales de mi edad habían montado una productora desde la que dar la batalla comunicativa, y me presentó. Cuando uno ve FurorTV desde fuera se queda alucinado, unos chavales de veintipocos años han levantado sin medios ni dinero un proyecto que nada tiene que envidiar a un estudio de televisión profesional. No obstante, aunque cualquiera podría pensar que un sitio así no necesitaría a alguien sin experiencia como yo, me ilusionó tanto que me ofrecí para ayudar en lo que hiciera falta.
Siempre he creído que FurorTV es un lugar especial. Hemos renunciado a la vocación de marginalidad, intentando llegar al mayor número de personas posible; pero sin dejar de lado nuestros principios y compromisos sociales. De hecho, a pesar de que todos en Furor conocemos muy bien cómo funciona el algoritmo, premiando el consumo rápido con reels, frases gancho y mensajes sencillos, nosotros hemos seguido apostando por todo lo contrario. Hemos desarrollado un formato reflexivo, conversacional, sin tiempos límites; en el que cada uno pueda decir todo lo que considere importante sin pensar en el clip viral. Y ha funcionado. En una época donde debes vender tu mensaje en un minuto nosotros hemos optado por mesas redondas y entrevistas de varias horas en las que incidimos en temas sociales que creemos importantes. Y sorprendentemente nos ha funcionado.
Pero creo que lo que más valor tiene de este proyecto ha sido el factor colectivo. FurorTV cree sinceramente que hay otra forma de hacer las cosas. Aquí nunca hemos caído en hiperliderazgos, jerarquías ni personalismos. Estoy absolutamente convencido de que en los próximos años necesitaremos de este tipo de espacios, de herramientas colectivas que funcionen, con gente que entienda los mecanismos del ecosistema comunicativo para poder hacer frente a la ola reaccionaria que se nos viene.
FurorTV no sólo pretende transmitir los valores de la izquierda, pretende encarnarlos en su propia existencia. Hemos construído una pequeña parcela de cómo aspiramos a que sea el mundo. En los proyectos emancipadores casi siempre los medios son el fin. Algunos venden sus podcasts como la voz en defensa de los trabajadores al mismo tiempo que maltratan a sus subordinados, nosotros en cambio somos lo más parecido que existe a una comuna en una estructura productiva.
FurorTV no sólo es útil por lo que dice. Lo es también porque, al funcionar, demuestra que hay una manera mejor de hacer las cosas. Que un grupo de veinteañeros sin experiencia previa ni recursos organizándose de la manera más horizontal posible consiga más visibilidad que empresas con dinero de sobra para hacerlo todo, es un ejemplo vivo de que la izquierda todavía tiene algo que decir.
Creo que este proyecto aún tiene un papel que jugar en los tiempos que vienen. Yo, desde luego, estoy tremendamente orgulloso de formar parte de algo así.
Amigo y miembro de Furor desde 2018.
«Si no sale esto todo lo demás no tiene sentido». Acompañar a Sergio en la escritura de este libro ha significado escuchar «esto tiene que ir sí o sí» junto a la anécdota más anodina que uno pueda imaginarse. Parte del proceso de acompañarlo ha sido ayudarle a ordenar sus experiencias de manera coherente para terceras personas.
Conocí a Sergio en 2017, cuando buscaba compañero de piso en Vallecas y posteriormente en 2020 cuando por circunstancias de la vida, coincidimos los dos en el barrio de Vicálvaro. Para qué mentir, la convivencia no fue especialmente buena. Muchas veces me levantaba a primera hora de la mañana y Sergio aún no se había acostado todavía de tal manera que siempre interrumpíamos el horario de sueño con el ruido que podíamos hacer en casa.
Mi testimonio en este libro sirve principalmente para aportar credibilidad a muchas de las anécdotas que al lector pudieran haberle parecido especialmente rocambolescas o inverosímiles y también, en cierta medida, otro ángulo de los eventos.
Estuve en varios momentos que podrían considerarse claves: los nervios del juicio, más de una gala donde intentábamos hacer contactos con mayor o menor torpeza. En lo relativo a los viajes poco puedo aportar. Además de la nocturnidad, Sergio no tiene la costumbre de planificar con antelación y los viajes siempre se han organizado de tal manera que no he podido acompañarles por motivos laborales. Aun así, hemos alcanzado cierto grado de intimidad a lo largo de estos años. No en balde escribo estas líneas mientras Sergio viaja y yo me paso por su casa a cuidar a los gatos.
A diferencia de Sergio, a lo largo de los años he vivido la productora como un proyecto del que se podría vivir a futuro pero no en las circunstancias actuales. Más como un hobby que como algo que realmente ocupara el grueso de mi jornada laboral. Precisamente por eso creo que he podido evitar saturarme del proyecto y lo he podido acompañar en varias etapas que aquí se han narrado.
Puedo constatar también que el año del juicio ha resultado especialmente duro como también constato su evolución positiva a raíz de comenzar este libro. Lo que ha vivido en estos últimos años le ha afectado especialmente, no solo por la parte que le compete a él, también por el lado de la presión mediática de aquellas personas que, cómo es lógico por otra parte, se crearon una historia sin conocer apenas detalles. Los tiempos judiciales lo han requerido así.
Por mi parte, «lo que de verdad tiene que salir sí o sí» son todos los casos de explotación laboral, más jodidos aún si cabe en estos entornos de transformación social. No me cabe ninguna duda de que, como en la canción de Los Piratas, Matrix está cambiando por la confesión brutal de tu relato.
Amiga y miembro de Furor desde 2021.
Estimada lectora, cuando leas este libro no sé cuántas páginas tendrá, mientras escribo esto ya va por más de 800, pero por suerte algún editor con dos dedos de frente se encargará de cortar para que esto no parezca lo que realmente es; la cabeza de un loco.
Un ejercicio de introspección, una mirada hacia atrás con un halo de futuro, narrado desde un presente que algunos días sigue atrapado en el pasado. Porque para qué ir a terapia si puedes escribir un libro en el que exponer tus intimidades más profundas y abrirte en canal ante gente que no dudaría un segundo en despedazarte con sus propias manos.
La transparencia pocas veces es una virtud para quien hace de ella su bandera, pero es pura y es tan humana como lo es el impulso de un niño que se vuelve a meter en la boca el caramelo lleno de tierra que se le ha caído al suelo. Este mundo no nos arrebatará la ternura.
Cuando conocí a Sergio y al resto del equipo de Furor, no me imaginaba los caminos por los que me llevaría una decisión tan poco prometedora como elegir hacer prácticas en una productora sin beneficios montada por un grupo de chavales.
Poco a poco, en ese semisótano montado con muy pocos recursos y mucha imaginación, se fueron forjando los pilares de lo que somos ahora. La relación era horizontal, nos cuidábamos, aprendíamos los unos de los otros y nos fuimos convirtiendo en amigos.
Furor no era viable económicamente, pero nos apasionaba lo que hacíamos. Hasta que entramos a Canal Red. Nuestra situación económica se estabilizó, pero a un coste demasiado alto.
Haber vivido juntos todo lo que ha pasado estos años ha sido intenso como poco. Lo único bueno de que te paguen las horas extra en pizza y te traten de loca por quejarte de que no se cumplan tus derechos laborales es que formas un vínculo más fuerte con los compañeros que viven las mismas injusticias que tú.
Durante esa época tan oscura, si no nos volvimos totalmente locos fue porque nos teníamos los unos a los otros.
Si algo he aprendido de esta experiencia es que los derechos ni se piden por favor ni se piden en solitario. En lo colectivo está la fuerza transformadora. Ellos tienen los medios, pero nosotras somos más.
Por mucho que busquen en nosotros el fallo que justifique sus abusos, la historia es la que es y ninguno tenemos la responsabilidad de ser víctimas perfectas para merecer decencia básica humana. Ni yo ni el resto de compañeras nos merecíamos tener que pelear por ser respetadas y escuchadas por los mismos que se llenaban la boca con la política de los cuidados.
Al gerente que convirtió en un infierno mi vida, la de Sergio y la de muchos otros que acabaron abandonando el proyecto; tus intentos de hacernos pequeñas a través de la violencia y el paternalismo jamás consiguieron tapar tu ineptitud, tu mediocridad y tu bajo nivel humano.
Si algo consiguió fue precisamente resaltar la falta de coherencia entre tus supuestos ideales y lo que le hacías a los sujetos políticos de estos. Los trabajadores por los que te llenabas la boca de consignas rebeldes no son entes abstractos de mono azul, éramos las mujeres y hombres a los que gritabas, humillabas, explotabas y a los que hacías quedarse, durante horas extra nunca pagadas, haciendo labores que te correspondían a ti, las noches que tú querías ir a las fiestas del PCI a levantar el puño y hacerte el revolucionario.
Quiero recordar y poner en valor a todas las compañeras que fueron refugio, bote salvavidas, hombro en el que llorar y grito hacia arriba, que con su valentía se cargaron de un peso que no les correspondía para suplir la falta de humanidad de quienes nos trataban como números y no como personas. Nadie se merece la paz más que vosotras.
Mentiría si dijera que estos años de injusticia no han hecho mella no solo en nosotros sino en nuestros vínculos. Nunca volveremos a ser los que fuimos.
Pero aunque aún arrastramos alguna secuela y pasar juntos por cosas tan duras siempre causa estragos en las relaciones, Sergio siempre tendrá un lugar en mi corazón y tengo la certeza de que seguiremos peleando como hermanos muchos años.